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Editorial │ Nº 932

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Imagen: Rawpixel Ltd, CC-BY 2.0

 

 

Estimados lectores:

 

En épocas de vertiginosos cambios sociales, de ebullición del derecho y de cuestionamientos sobre la función notarial desde algunos sectores de la opinión pública y los poderes del Estado, se abren las puertas a nuevas oportunidades para enriquecer el debate sobre el derecho notarial y las incumbencias de nuestra función desde enfoques diversos y novedosos, provenientes de todos los campos científicos vinculados, recogiendo la diversidad de experiencias de todos los rincones de nuestro país así como de aquellos países integrantes del sistema legal continental romanista o romano-germánico.

 

La importancia de las instituciones y la actividad institucional

¿De qué se trata la actividad institucional? ¿Cuántos son los miembros de una institución que están realmente comprometidos con sus fines? ¿Cuántos participan de alguna actividad institucional, sea política, académica o de cualquier otra índole? ¿Qué le aporta al individuo la participación institucional?

No son preguntas retóricas. Realmente parece necesario, en épocas como la que nos toca afrontar, formularnos estos interrogantes y tomar postura.

Una institución es una entidad destinada a desempeñar una actividad determinada, que tiende a organizar el comportamiento de un grupo de individuos con una intencionalidad compartida, que trasciende las voluntades individuales al identificarse con un propósito que resulta en un bien para el grupo, de una relevancia tal que justifica su existencia. Y la actividad institucional no es otra cosa que la realización de los actos posibles con los recursos disponibles, a fin de cumplir los fines de la Institución de que se trate, desde la función que cada actor tiene en su estructura. Un concepto tan sencillo y tan amplio, pero a la vez tan difícil de generar en la conciencia de muchos de los miembros.

Nos decía el escribano Álvaro Gutiérrez Zaldívar en oportunidad del editorial al Nº 924 de la Revista del Notariado (noviembre de 2016):

Nuestro Colegio tiene un prestigio adquirido que se remonta a ciento cincuenta años y que es consecuencia de la tarea realizada tanto en la actualidad como en el pasado. El prestigio es algo muy diferente a la imagen; el primero es resultado de una trayectoria, mientras que la imagen puede ser algo efímero, incluso un transitorio producto de la publicidad. Los escribanos debemos seguir manteniendo este prestigio para las generaciones futuras, ya que hoy es el pasado del mañana.
No obstante, lo que queremos remarcar es la decisión de un grupo pequeño de escribanos de crear una institución que durante tanto tiempo se afianzó, creció y cambió hasta convertirse en una parte importante de la historia de nuestro país.
Probablemente alguno de ellos tuvo dudas al momento de firmar el acta de constitución y se preguntaría si el Colegio podría mantenerse en el tiempo o si era el momento adecuado para semejante decisión. No sabemos si alguno imaginó la proyección que tuvo. Lo importante es que lo fundaron, y hoy existe.

 

Cambios normativos, ni tan pequeños ni tan grandes

No descubrimos nada al destacar la lucidez de nuestros académicos (contaremos en breve con material inédito de ese origen), pero queremos destacar aquí algunas frases de la exposición brindada por Mario Antonio Zinny en la sesión pública de la Academia Nacional del Notariado del 13 de septiembre de 1999, publicada en el Nº 862 de esta Revista. Esto vinculado a algunas novedades normativas que, en pos de la modernidad y la agilidad de las inversiones, estamos viviendo. Decía Zinny que

No es necesario que la nueva norma derogue o modifique expresamente a la anterior para que influya en ella. Muchas veces he dado el ejemplo que daba Sebastián Soler, de la gota de tinta en el vaso de agua, que logra que toda la tinta se aclare y que toda el agua se oscurezca. Ése es el efecto de una ley nueva en el sistema de derecho preexistente al que se incorpora. 1

En esa oportunidad el tema era la fe de conocimiento, pero sin duda podemos tomar esta idea y aplicarla prácticamente a cualquier escenario de innovación legislativa, tales como la firma digital o la registración de determinados boletos de compraventa. ¿Están?, ¿son una realidad? Sí, indudablemente. Pero, ¿en qué medida son un riesgo y en cuál, una solución? Y ahí es donde la tinta se aclara y el agua se oscurece, independientemente de la teórica importancia de la nueva norma en la pirámide (hemos visto cómo el 1º de agosto de 2015 comenzó a regir una gran reforma del derecho civil y comercial, que ha modificado e incorporado importantes cuestiones y dejado otras tal como estaban, y cómo acaba de dictarse un decreto con aplicación sólo en el ámbito de la Capital Federal pero que hace ruido en todos los rincones del país en función de su potencialidad).

Por supuesto que el cambio de un statu quo preocupa, fundamentalmente a quienes tienen que dar los primeros pasos; pero el notariado tiene una enorme ventaja: está acostumbrado a ser el primer intérprete de la norma, antes que el abogado litigante y antes que el juez que deba resolver el conflicto. El notario, como mediador, como garante de la seguridad jurídica y en ejercicio de su función preventiva de litigios, es habitualmente el primero en echar luz sobre los cambios que se proponen e implementan, tal vez sin tener del todo en cuenta el legislador la injerencia que aquellos tendrán en la vida cotidiana o que no siempre la prueba y el error son la mejor alternativa de implementación.

Ya hemos hablado en otras oportunidades, desde aquí, de algunas novedades tecnológicas que tocan el ejercicio de nuestra profesión, pero no por reiterado deja el tema de tener una enorme importancia. Los certificados registrales web ya existen, también las legalizaciones digitales en algunos casos; las certificaciones digitales de firmas y reproducciones están a un paso de ser realidad, seguirán tal vez los testimonios. Lo importante es que no le soltemos la mano a la comunidad vinculada y que estemos permanentemente atentos a las necesidades que debamos cubrir frente al avance de algunas regulaciones, antes de que sean mal cubiertas desde otro ámbito, poniéndonos incluso a la cabeza del cambio. El proceso de implementación de las sociedades por acciones simplificadas (SAS) ha sido –y es aún– traumático. La rúbrica digital de libros tiene cuestiones por resolver. Y así va sucediendo, como es lógico, con la mayoría de aquellas innovaciones que implican grandes cambios para mucha gente.

Algunos tipos de firma digital implican la adquisición de elementos tecnológicos (como ser un token) y la instalación de certificados. Y esto sin consideración a las innegables diferencias que existen a lo largo y ancho de nuestro país, a nivel de acceso a internet, por ejemplo. Sin embargo, la posición del notariado ha sido y es, invariablemente, la de formar parte del cambio. Y decimos esto desde una publicación digital, que ha sumado herramientas tecnológicas que la hacen cada día más completa, contando, por ejemplo, con links de acceso a cada norma o fallo que citan los autores. Por supuesto que cuesta el cambio y que hay resistencia en algunos casos, pero ello se debe, fundamentalmente, a que la seguridad de la que somos garantes no admite “prueba y error”.

Leímos hace poco la noticia (publicitaria) de que se firmó, usando blockchain, el primer boleto de compraventa inmobiliario. Tal vez signifique que se firmó digitalmente sobre una plataforma que opere utilizando blockchain (un sistema de seguridad basado en la distribución de la información que constituye un archivo en diversos servidores), pero ¿quién asesoró a las partes?, y ¿quién verificó su identidad? (ello teniendo en cuenta que el uso de un dispositivo o de una clave permite vincularlos a un archivo o documento, pero no saber quién fue su operador, y mucho menos estar seguros de que entendió las consecuencias de lo que firmaba).

Claro que esto podría ser considerado una defensa corporativa –palabra con mala prensa, si las hay–, pero, en primer lugar, así como nos resultaría sumamente difícil (o imposible) opinar con justicia respecto de lo que atañe al ámbito de aplicación de otra profesión, también lo sería que quien no esté imbuido de lo que hacemos logre una postura clara y fundada al respecto. Y, por otro lado, somos también parte de la sociedad que se verá afectada –positivamente o no– de los efectos de estos cambios, aunque con el aditamento de que podemos comprender de antemano sus efectos.

Y volvemos a citar a Zinny en su aludida exposición académica: “cuando una norma jurídica es obsoleta, ha dejado de ser una norma jurídica para pasar a ser una arbitrariedad”; 2 lo que nos lleva a pensar en lo arbitrario que puede resultar todo un sistema que no se adapta, que se vuelve obsoleto.

Y continuaba Zinny:

No se trata […] sino de adecuar la función a nuestra circunstancia, que ya no da para más; no nos permite, en mi modesta opinión, prescindir de los medios modernos de identificación como manera de asegurar la contratación, que no creo que podamos asegurarla con ese juicio que se pretende que emitamos. 3

Parafraseándolo, nos encontramos frente a una situación que, si bien da para mucho más, también necesita aggiornarse, y de ese modo seremos parte del cambio y parte de la solución.

Hace años que el notariado viene trabajando para contrarrestar las tendenciosas opiniones de entidades como el Banco Mundial que, parado en una perspectiva anglosajona del derecho, pretende prescindir del notario latino; o como UNCITRAL, que propugna la estandarización no solo contractual sino también legislativa, partiendo desde una perspectiva similar. Pero, lejos de amedrentarnos, ello nos ha fortalecido en base al trabajo conjunto y la cooperación mutua.

 

Automatización intelectual

El 1º de septiembre último, desde una publicación en el diario La Nación titulada “Los riesgos que plantea la digitalización en las escrituras”, nos decían los colegas Bernardo Mihura de Estrada y Santiago Pano que, con motivo de la disertación en nuestro país de expertos tecnológicos sobre los beneficios del uso de la tecnología blockchain en la vida cotidiana de las personas, sería una buena oportunidad para reflexionar sobre el real alcance de la seguridad jurídica en el uso masivo de la tecnología en la contratación inmobiliaria:

Quizás la mayor debilidad de nuestro gremio es no saber comunicar bien lo que hacemos, es decir, poder hacerle ver al ciudadano qué valor agregado le brinda a la contratación nuestra participación profesional […] hoy podemos dudar de muchas cosas en la argentina, pero en general nadie duda de que su casa es verdaderamente su casa […] básicamente, un escribano hace dos cosas esenciales. Con su participación personal en la contratación entre particulares brinda publicidad y plena oponibilidad a terceros a los documentos en que interviene, y, a su vez, asesora y participa en la redacción de estos mismos acuerdos de forma tal de procurar evitar la litigiosidad posterior […] “a escribanías abiertas, juzgados cerrados”. […] Ahora bien, en cualquier contratación entre particulares el registro digital no es más que un nuevo medio de prueba […] El documento notarial clásico, en donde la participación de un tercero imparcial y simultánea con la manifestación de voluntad de las partes es la regla, se refuerza enormemente el elemento intencional de los firmantes, evitando así la liviandad en la contratación de negocios de cierta importancia económica […] no es solo la fe pública lo que le falta al uso de esta nueva tecnología digital; en ella no hay asesoramiento previo, no hay identificación personal de los contratantes, ni juicio de capacidad, no hay acreditación de facultades, no hay nadie que proteja de alguna forma a la parte débil en la contratación, ni que ejerza control de legalidad alguno sobre el instrumento […] no se puede confundir el medio técnico utilizado con el prestador del servicio. […] no es nuestra intervención en el papel lo que nos hace escribanos, sino, por el contrario, es el escribano el que, al ejercer su función especial delegada por el Estado, impregna al instrumento (papel o en cualquier otro medio) de características propias e irrefutables.

Siempre hay una sombra que se cierne sobre el notariado. Siempre hay intereses cuya raíz permanece oculta, que apuntan al cuestionamiento de nuestra función. Pero el notariado y sus instituciones son proactivos, no nos sentamos a esperar que las cosas pasen, vamos por ellas, y así somos, como decíamos, parte de la solución.

 

Diego M. Martí

 

 

Notas

1. Zinny, Mario A., [su intervención] en Cursack, E. V. y otros, “«Fe de conocimiento». Sesión pública del 13 de septiembre de 1999”, en Revista del Notariado, Buenos Aires, Colegio de Escribanos de la Capital Federal, Nº 862, 2000, p. 95. [N. del E.: ver texto completo aquí].

2. Ídem, p. 100.

3Ídem, pp. 101-102.