Publicación académica ISSN: 2362-6186
 
 

Guillermo Brown, en el bicentenario de nuestra independencia

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Imagen: Web Días de Historia

 

Autora: Emilia E. Menotti  |  (ver bio)

Resumen: El almirante Guillermo Brown, con autoridad y energía, cumplió un magisterio heroico de amplia resonancia en nuestro país. Irlandés de origen, honró y amó a esta, su patria de adopción, a la que dedicó un extenso lapso de su vida. Fue esencialmente un marino, un conductor que brindó a nuestra Nación la iniciativa sobre el mar. En el Río de la Plata, le cupo la gloria de defender la causa patriota y vencer a los realistas en Martín García y Montevideo (1814): “lo más grande que hasta el presente ha realizado la revolución”, como dijera el general San Martín. Para defender la soberanía del Estado, se apeló a un sistema utilizado en la época, la guerra de corso, y, en septiembre de 1815, el director supremo, Álvarez Thomas, le otorgó a Brown su conducción. Con la Hércules, la Santísima Trinidad y la Halcón con Hipólito Bouchard, realizó la Campaña al Pacífico de 1815, con la que, en coincidencia con el Plan Continental de San Martín, llevó los ideales americanistas. Unió el Atlántico con el Pacífico a través del Cabo de Hornos; recortó las costas chilenas; bloqueó El Callao; llegó a Guayaquil, ciudad que no pudo tomar al bajar las aguas del río Guayas, pero sus principios fueron comprendidos por la población, que el 9 de octubre declaró su independencia adoptando para su pabellón los colores de la bandera que enarbolaron sus naves. En Buenaventura (Nueva Granada), su presencia fue un positivo aporte para los defensores de la libertad. A más de veinte años de esta gesta, Brown manifestaba que “así en los tiempos presentes como en los venideros” nada le resultaba más agradable “que saber que yo haya contribuido en algo […] a un objeto tan deseable como en la eterna independencia de la América del Sur”. Los valiosos aportes de Brown lo ubican dentro de los arquetipos que bregaron por la consolidación de la Gran Patria Americana.*

Recibido: 8/9/2017  |  Aceptado: 20/12/2017

 

 

Desarrollo ^

En el bicentenario de la Declaración de la Independencia, recordarnos hechos y personajes vinculados con el magno acontecimiento, en observancia de una actividad cívica, patriótica y educativa que debe constituir una fuente de acción estimuladora. El acto conmemorativo, más allá de su contexto emocional, no se agota en el cumplimiento de una meta, ya que es un punto de partida para seguir inspirándonos en esas horas de alumbramiento que modificaron el panorama histórico y político del novus orbis.

América era el “mundo nuevo”, la posibilidad para el Antiguo Continente de convertir la utopía y, con el descubrimiento, alimentar el mito y la leyenda. El hombre de América debió promover sus rasgos fundamentales; labrar una manera propia y organizarse para introducir en la zona de la universalidad, su estilo particular y diferente. Dirá de él Sarmiento: “criado en la lucha por la existencia, más que mía, de mi patria”. Las férreas disposiciones coloniales no pudieron impedir que un sentimiento de libertad y autonomía generase una voluntad revolucionaria aleccionada por las mentes precursoras e ilustradas y llevada a su concreción definitiva por los grandes jefes libertadores y un pueblo rebelde que asumió su responsabilidad histórica.

Recordamos que, ya en 1792, el jesuita Juan Pablo Viscardo y Guzmán, en la Carta a los españoles americanos, consideraba que había llegado el momento de la “verdadera proclama de la independencia americana”, y así decía:

… la sabia libertad, don precioso del cielo, acompañada de todas las virtudes y seguida de prosperidad, comenzará su reino en el Nuevo Mundo y la tiranía será inmediatamente exterminada […] Plugiese a Dios que este día, el más dichoso que habrá amanecido jamás no digo para la América sino para el mundo entero, llegue sin dilación […] De esta manera la América reunirá las extremidades de la tierra y sus habitantes serán atados al interés común de una sola grande familia de hermanos. 1

Son palabras proféticas que invocan la independencia y la interrelación fraterna de los pueblos y tendrán su ratificación por obra de los congresales de Tucumán, ya que esas premisas anidaban en el espíritu de todos ellos.

Y en América, nuestra América según la denominó por primera vez el poeta santafereño Hernando Domínguez Camargo en 1650, el movimiento independentista fue sincrónico, a pesar de las distancias, y engendró en sus próceres una corriente ideológica que auspiciaba la unidad como recurso indispensable para la libertad. 2 Hispanoamérica no tardó en expresarse al forjar el camino hacia la existencia de la gran nación y de un destino que los calendarios de la historia determinan con precisión. Y, a través de la historia, componente fundamental de la memoria colectiva que nos permite interpretar e interpelar el pasado, se proyecta la presencia de los referentes que han contribuido a modelar una identidad nacional, afirmando las bases fundadoras del Estado y transfiriendo a las generaciones futuras la herencia invalorable de sus virtudes, entrega al deber y recta moral ciudadana.

En este contexto, sobresale la sombra gigante del almirante Guillermo Brown, quien no pasó en vano por esta tierra y cuyo accionar, el papel que le tocó representar y el éxito que obtuvo lo convierten en figura ejemplar y en héroe no con dimensión legendaria sino como la recta personificación del hombre capaz, idóneo, del capitán que asume el mando impulsado hacia un fin, hacia un ideal. Irlandés, heredero de la tradición ancestral de libertad de los celtas, su homérica epopeya abrió la iniciativa en el mar y, como manifestó Tomás Guido: “semejante al Pampero, alegraba el océano del sud con los cañonazos de la libertad”. La ingente tarea de Brown y sus consecuencias en el devenir del país no deben examinarse con criterio reduccionista o esquemático. Su verdadera importancia trasciende el contexto general en el cual se desenvolvió su misión y el entramado histórico que determinaron la consumación de su proeza.

En el Río de la Plata, hace más de doscientos años, concretó su verdadero y gran destino. A él cupo la gloria de utilizar el arma decisiva del poder naval en la lucha por la independencia, en la que comprometió sus convicciones más profundas. La superioridad realista de Montevideo sobre las aguas rioplatenses obligó al Director Supremo Gervasio Antonio Posadas a formar una escuadra y, superando las dificultades del proyecto, ofreció a Brown “el empleo de Teniente Coronel del exército y Comandante de la Marina del Estado” el 1º de marzo de 1814. Brown asumió esa responsabilidad en coincidencia con las palabras del poeta Virgilio: “labor omnia vincit improbus” (el trabajo tenaz todo lo vence). Con excepcional capacidad de mando, espíritu organizativo e indomable energía, convirtió en marinos a bisoños criollos que jamás habían navegado. Con barcos de mediana envergadura y en una campaña que duró poco más de dos meses, asumió la defensa del Plata y los ríos interiores.

El 15 de marzo, obtuvo el rotundo triunfo de Martín García

Ese día –según narra Brown en su Memoria–, a las cuatro de la mañana, la tropa y marineros, sumando unos ciento cincuenta, desembarcaron bajo un vivo fuego que partía de los bosques de la isla. Como era el día de San Patricio, el tambor y el pífano (irlandeses ambos) ejecutaron el aire nacional y a sus acordes los asaltantes se treparon a la colina, adueñándose prontamente de la isla. Los españoles se reembarcaron en sus buques y huyeron en la mayor confusión, abandonando a los vencedores todas sus provisiones, bagajes y algunos inválidos y mujeres. 3

Martín García abrió el camino a la victoria naval de Montevideo. Con valentía e ingenio, bloqueó el apostadero naval, impidiendo el reabastecimiento de los pobladores de Montevideo.

Brown, como Temístocles en Salamina, aplicando la táctica, que consiste en la disposición y dirección de los combates, y la estrategia, que es el arte de ligarlos para obtener el fin de la guerra, puso en práctica un plan de acción para el logro de un objetivo concreto: tomar la ciudad y poner fin a la presencia realista en el Plata. El 17 de mayo, se definió la victoria y Brown bien pudo decir “y así se salvó el Río de la Plata”. El 23 de junio, la fortaleza fue ocupada por el ejército sitiador al mando de Alvear y la gesta rioplatense mereció el expresivo juicio de San Martín: “la victoria naval de Montevideo es lo más grande que hasta el presente ha realizado la revolución”. 4

Se avanzaba hacia la consolidación del Estado de derecho, porque las Provincias del Río de la Plata, libres de la presencia del pacificador Pablo Morillo –quien, por esa acción, derivó su rumbo hacia Venezuela–, pudieron encauzar sus energías hacia planes de apoyo bien sistematizados para consolidar la independencia continental. La épica campaña no solo aseguró la vigencia de los principios proclamados en 1810, sino que se convirtió en un punto clave porque comenzó a forjarse con caracteres bien definidos la mentalidad naval expresada por San Martín en su Plan Continental: unión de las fuerzas de tierra y mar para afirmar la libertad de los pueblos americanos.

Con el retorno de Fernando VII al trono español en 1814 y el fusilamiento de Morelos, líder mexicano continuador de la lucha de Miguel Hidalgo en San Cristóbal de Ecatepec el 22 de diciembre de 1815, este año aportó, frente al predominio absolutista, un inestimable material desde la concepción americanista que urgía la unión de los pueblos para lograr su independencia. Ese panorama crítico, que surgió con la represión realista, en especial con la que aplicó Morillo al poner en vigencia aquella terrible sentencia de Breno “vae victis” (“¡Ay de los vencidos!”), no fue obs­tácu­lo para que San Martín y Bolívar, dos mentes lúcidas, emitieran sendos documentos.

En Jamaica, Simón Bolívar, el exiliado presidente de la 2ª República de Venezuela, derrotado en La Puerta por las fuerzas montoneras de Boves, explicaba en un documento que conocemos como Carta de Jamaica, el 6 de septiembre de 1815, el sentido de las revoluciones que ocurrían en Hispanoamérica, con miras a obtener su independencia. Analizaba región por región y, con respecto al Río de la Plata decía:

El belicoso Estado de las Provincias del Río de la Plata ha purgado su territorio y conducido sus armas vencedoras al Alto Perú, conmoviendo a Arequipa e inquietando a los realistas de Lima. Cerca de un millón de habitantes disfruta allí de la libertad. 5

Bolívar estaba absolutamente convencido, pese a esa situación, de que lo único que podía garantizar el futuro del continente era la unidad: “Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria”. Para lograrlo –señalaba–, era necesaria la unión, mas esta unión –decía– “no nos vendrá por prodigios divinos sino por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos”. 6

San Martín en el oficio al Cabildo de Mendoza, el 19 de octubre del mismo año, expresaba que era urgente la reunión de la Asamblea Nacional “que ha de fixar la suerte de la América del Sur” y reitera la más especial recomendación “de que inste […] al fin de equipar cuanto antes dicha escuadra”. Se refería a lo ya solicitado al Director Supremo: “que sólo esperaba la decisiva declaración de la independencia y la necesidad de una acción naval en apoyo de sus planes”.

La situación económica del Estado impedía concretar ese intento. Y así consta en la carta del director Álvarez Thomas a San Martín del 1º de septiembre de 1815:

La esquadra hubiera hecho prodigios en la Mar del Sur pero la falta de argent nos ha puesto en la precisión de desistir aunque no les desean poco que hacer los corsarios que han salido y saldrán. 7

Se apeló entonces a una metodología marítima cuya acción se había hecho sentir en nuestras costas desde los primeros años del siglo XVII, la de la guerra de corso. Es por ello que, en carta del 9 de octubre, Álvarez Thomas pudo comunicar a San Martín que “iban a salir cuatro navíos excelentemente aparejados para los mares del sur”. Según la opinión del almirante Laurio Destéfani, la guerra de corso se inició en forma notable hacia 1814 en el Atlántico y el Caribe y alcanzó su apogeo a partir de 1818 hasta 1823 aproximadamente. 8

Simón Bolívar destacó la aplicabilidad de esta guerra y en carta al almirante Luis Brion del 22 de febrero de 1819, aseveraba que

… la experiencia nos ha probado la utilidad de los corsarios particularmente en nuestra lucha con la España. El gobierno de Buenos Aires que es el que más los ha utilizado, es también el más conocido, respetado y temido. Si nosotros hubiéramos adoptado su conducta […] habríamos obtenido tantas ventajas sin costo alguno de parte del gobierno, en lugar de que por habernos opuesto a este sistema y adoptado el de los buques de guerra, no tenemos escuadra por falta de medios ni molestamos el comercio. 9

El 1º de septiembre de 1815, se firmó un convenio entre el Director Supremo Álvarez Thomas y Guillermo Brown, que ratificaron con su firma Marcos Balcarce e Irigoyen. El Estado concedía, para ser dedicado al corso, el bergantín de guerra Santísima Trinidad y proveía a igual fin “25 soldados a embarcarse en la Fragata Hércules y 15 para el bergantín y el aprovisionamiento de ambas naves”. 10

El corso se haría conforme al reglamento español de 1801, que reiteraban las instrucciones reservadas:

  1. Hostilizar, apresar o incendiar buques de bandera española.
  2. Se respetaría a los neutrales.
  3. En caso de trabar combate se tremolaría el pabellón de las Provincias Unidas, blanco en su centro y celeste en sus extremos al largo.
  4. Obtener informaciones de los patriotas sobre fuerzas enemigas de mar y tierra; expediciones en la península; partidas patrióticas e introducir proclamas en puertos chilenos y peruanos.
  5. Recibir a bordo de las naves a patriotas desterrados en las islas de San Pedro y Juan Fernández.
  6. No extender el corso más allá de 11º norte de latitud (aunque lo extenderían si salían tropas españolas de Panamá o Trujillo en auxilio de Lima).

En las instrucciones reservadas que el Directorio entregó a Miguel Brown el 2 de septiembre de 1815, se había proyectado el americanismo unitivo que guiaría el accionar de Brown en esta campaña corsaria de 1815, rescatando aquel pensamiento de Mariano Moreno que definía el ideal de mayo al entender por patria la vasta extensión de las Américas. En carta al Cabildo Gobernativo de la Provincia Oriental del 30 de junio, Brown certifica ese ideal:

… mucho me interesaría poder persuadir a los sudamericanos para que se unieran, cultivaren y estudiasen sus mutuos intereses […] Ahora, en este momento promisorio en que el ejército en combinación con la Escuadra prometen todos los bienes imaginables en las costas de Chile y Lima […] estoy firmemente persuadido que cuando Sud América esté así tan bien unida como los del norte, los viejos españoles nunca intentarán imponer sus bárbaras leyes y costumbres en un pueblo igualmente merecedor de libertad. 11

Se desprende de estas palabras que la historia de América no está hecha de acontecimientos aislados de los cuales elegimos arbitrariamente aquellos que concuerdan con nuestros anhelos para edificar una interpretación parcial, sino que los sucesos solo se explican y aclaran si se los enfoca como momentos de un proceso histórico. Y en la actuación de Guillermo Brown en su campaña corsaria en el Océano Pacífico encontramos la clave de etapas vitales para el futuro de América, de una América que atravesaba uno de los tiempos cruciales de su liberación.

Brown cumplió con los propósitos de “adelantar por todos los medios posibles la grande obra de la Revolución Americana”, puesto que su campaña preanunció los objetivos fijados por San Martín en su plan continental: la declaración de la independencia y el cruce de los Andes no como un jefe insurgente sino como comandante de un estado nacional. Al respecto, Ricardo Levene dijo: “Brown invocó siempre la razón y la justicia en la lucha contra el enemigo común por la causa de la República en América”.

La fragata Hércules, con el comando directo de Brown y Walter Chitty, su cuñado, como segundo comandante, y el bergantín La Santísima Trinidad, con la jefatura de Miguel Brown, conformaron la primera división patriota destinada a hostigar el comercio español en el Pacífico y cumplir las disposiciones del convenio oficial. A ellas se sumarían la corbeta Halcón, con la comandancia de Hipólito Bouchard, y la goleta Constitución, al mando del escocés Oliverio Russell, conocida como goleta Uribe porque su alistamiento estuvo a cargo del patriota chileno Julián Uribe, con la ayuda de compatriotas emigrados.

La “sutil escuadra” que menciona Brown en su solicitud al gobierno el 31 de enero de 1815, armada en apenas cuarenta y cinco días, esperaba la orden de partida. El 15 de octubre, la fuerza corsaria zarpó de Buenos Aires para terminar en Colonia su reequipamiento. Cambios imprevistos en el Directorio obligaban a Brown a regresar, en su carácter de comandante general de la Marina. Al considerar que los intereses de la Nación estaban por sobre las disposiciones del Directorio, Brown desobedeció la medida, como San Martín en otro momento histórico. Invocando “la causa de los americanos del sur”, el 24 de octubre, comenzó su crucero de corso en aguas del Atlántico rumbo al sur hasta el cabo de Hornos, “soportando fuertes tormentas que los arrastraron hasta […] las que son hoy aguas antárticas argentinas”.

Reunidos en la isla de La Mocha con la Halcón de Bouchard, ya que la Constitución se había hundido como consecuencia de un fuerte temporal al doblar el cabo de Hornos, y ante la imposibilidad de llegar hasta la isla de Juan Fernández y recoger “a los patriotas desterrados”, recortaron las costas chilenas. Su presencia causó “lógica preocupación en las autoridades realistas, que comprendieron el trastorno que ocasionarían al comercio español”. 12

El Callao fue el siguiente objetivo. El bloqueo y ataques al puerto, “ataques temerarios que rayaban en la insensatez” si solo se consideraba la impenetrable muralla con cañones que lo protegía, no acobardó a los tripulantes de la escuadrilla patriota. Las maniobras de guerra le permitieron capturar importantes presas, como la fragata Candelaria y, sobre todo, la Consecuencia, con un valioso cargamento e importantes pasajeros, como el brigadier Juan Manuel de Mendiburu, designado gobernador de Guayaquil. 13 La audacia de los corsarios rioplatenses les permitió esporádicos bombardeos sobre la ciudad, eventuales desembarcos y valiosas presas que representaban un gratificante botín de guerra.

Tras un bloqueo de quince días, Brown resolvió “llevar a cabo […] un desembarco en alguna parte de la costa donde hubiera la posibilidad de procurarse provisiones” y, como dice en sus memorias, “se pensó en Guayaquil, una pequeña ciudad floreciente”, centro comercial de primer orden y asentamiento del principal astillero de la Corona en esas costas oceánicas. Las naves, que en su palo mayor lucían el pabellón celeste y blanco, símbolo de los principios de libertad de las Provincias Unidas del Río de la Plata, el 7 de febrero de 1816 entraron al golfo de Guayaquil, confiando en el apoyo de los habitantes para vengar la dura represión de las tropas virreinales a los protagonistas del movimiento revolucionario de 1809.

Brown tomó el mando de la Trinidad por considerarla más adecuada para remontar el río Guayas. Una bajante de las aguas provocó la varadura de la nave frente a la ciudad, que los recibió con un nutrido fuego de sus baterías y el abordaje al navío lo que produjo bajas significativas. La actitud negativa de la población se debió a que consideraron que eran naves piratas intentando por séptima vez atacar la ciudad. Con la intención de buscar apoyo en la poleta Carmen, Brown se lanzó al agua “a pesar de estar infectado el río de cocodrilos”, pero, “ante la imposibilidad de remontar las aguas”, abordó nuevamente la Trinidad.

Según sus memorias, la escena que lo recibió fue “horrible, más allá de toda descripción”: hombres heridos, apuñalados o desollados lo llevaron a tomar una mecha encendida y amenazar con volar al buque prendiendo fuego a la santabárbara. Se sabía que no solo volaría la Santísima Trinidad sino la ciudad con sus casas de madera. Se ordenó el cese del fuego y de la matanza, y Brown, cuya cámara había sido saqueada, cubierto su cuerpo con la bandera de la nave y al frente de sus cuarenta y dos hombres, “que mostraban en su cuerpo las señales del combate”, fueron conducidos hasta los cuarteles.

Según describe la escena Gabriel Pino Roca,

… el fiero almirante marchaba con la cabeza erguida, los cabellos y la barba desgreñados, sin ropa, así como fue apresado, envuelto el pecho para abajo con una bandera azul y blanca, la de su desgraciado bergantín. Parecía un Neptuno. Paseaba su mirada con dignidad sobre la multitud apiñada a su paso que no profirió un solo denuesto, tal el respeto que inspiraba; tal la hidalguía del pueblo que le redujera. 14

A Brown se le destinó el palacio gubernativo como prisión y el gobernador Juan Vasco y Pascual lo invitó a compartir su mesa con el arzobispo, opositor cerrado del almirante, y miembros del gobierno. Se iniciaron tratativas y, al firmarse un acuerdo, se estableció la libertad de Brown y los tripulantes con canje de los prisioneros que se habían tomado durante la travesía.

Mucho se habló de la presencia de Brown con naves que no eran piratas y la población comenzó a considerar a la bandera celeste y blanca como un pabellón insurgente. Al reflexionar sobre ese momento histórico, consideramos que no fue inútil el arribo a Guayaquil: demostró que la misión de Brown de acercar a los americanos teniendo como garantía de los ideales el lábaro identificatorio de la libertad tuvo sus frutos. En 1820, el desembarco de San Martín en las costas peruanas alentó a los guayaquileños, que, con la divisa “Guayaquil por la patria”, proclamaron el 9 de octubre su independencia y conformaron su bandera libertaria con los colores de aquel pabellón insurgente que portaba Guillermo Brown.

Desde Galápagos, Brown continuó su gesta marítima. Con la Hércules y la Halcón se dirigió a San Buenaventura, puerto de Nueva Granada –hoy Colombia– el 26 de abril de 1816, para reparar las naves, reabastecerse y apoyar a quienes heroicamente enfrentaban a las poderosas fuerzas de Sámano, lugarteniente de Morillo, que había sojuzgado a la gloriosa Cundinamarca. Brown cursó oficios al presidente de las Provincias Unidas de Nueva Granada, José Fernández Madrid, y al gobernador de Popayán, José Vázquez Figueroa, manifestando que nada le resultaba más agradable

… así en los tiempos presentes como en los venideros que saber que yo haya contribuido en algo […] a un objeto tan deseable como la entera independencia de la América del Sur […] Si V.E. tiene a bien comunicarme algunos planes de operaciones contra el enemigo a donde mi fuerza pueda obrar, ruego a V.E. tenga a bien no perder tiempo en comunicarlos, como que la mucha dilación podría ser perjudicial a la seguridad de los buques. 15

El hundimiento de la Halcón, debido a deterioros insalvables, obligó a Brown a anticipar su partida, pero su presencia en Buenaventura fue un aporte para apuntalar los pilares de la ansiada Patria Grande, puesto que

… algo más de un centenar de sus hombres, antes de enfrentar nuevamente los peligros del mar sin rédito manifiesto, prefirieron quedarse en tierra firme e incorporarse a las fuerzas rebeldes de los ejércitos de Nueva Granada. 16

Esta campaña americanista del corso del Pacífico fue efectuada por Brown, según sus palabras, “para sostener la expedición que intentaban hacer los patriotas”. Se refería a la gesta de San Martín que se demoró hasta 1817 por no contar con la declaración de la independencia. Quizá este magno acontecimiento pudo quedar en los límites de la utopía sin la apasionada impaciencia de San Martín y la precursora trayectoria marítima de Brown.

El tiempo histórico de ambos fue coincidente. Su vinculación convergía en los planes estratégicos que auspiciaban la libertad y la unión de los estados tras las heridas del período bélico. La independencia era el respaldo jurídico indispensable para emprender el riesgoso camino de la autonomía y tanto San Martín como Brown lo sabían. Protagonistas del plan continental, no llegaron a conocerse, si bien actuaron de consuno en la gesta emancipadora.

El 6 de febrero de 1829, tras su exilio voluntario, San Martín arribó desde Montevideo a la rada de Buenos Aires. Brown, como gobernador delegado de la provincia, encomendó a Tomás Espora, a quien había designado comandante del puerto, presentara los saludos oficiales al distinguido viajero. Pero San Martín, ante la situación de la Nación, dividida en pasiones irreconciliables, sin desembarcar, retomó a Montevideo para continuar su rumbo a Europa. Cabe destacar que, en carta a Díaz Vélez, así se había referido a Brown: “yo no tengo el honor de conocerlo, pero como hijo del país me merecerá siempre un eterno reconocimiento por los servicios tan señalados que le ha prestado”. 17

Este desencuentro fue comentado por Pastor Obligado con las siguientes palabras:

… los argentinos no pudieron contemplar en estrecho abrazo al más grande de los criollos con el más querido de los extranjeros vinculado a la Patria por sus victorias […] Fraternidad de glorias que no nos fue dado aplaudir por nuestras continuas discordias.

Y en su hora final, sugestivamente, los unió la definitiva apelación marina. Decía San Martín: “es la tempestad que lleva al puerto”; y el almirante Brown, en el instante crucial, pudo expresar: “comprendo que pronto cambiaremos de fondeadero, ya tengo práctico a bordo”.

Los fallos justos de la historia han consagrado los valores del capitán de los Andes y del forjador de nuestra fuerza naval, protagonistas indiscutibles de la etapa bicentenaria, grabando en el bronce el ejemplo de su decisión, arrojo, honradez e inmutable adhesión al deber.

 

Bibliografía ^

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Notas ^

*. Este ensayo se elaboró a partir de la disertación ofrecida en el marco de la sesión pública organizada por el Instituto de Investigaciones Históricas Notariales del Colegio de Escribanos de la Ciudad de Buenos Aires y el Instituto Nacional Browniano, llevada a cabo el 22 de septiembre de 2016.

1. Ocampo López, Javier, Historia de las ideas de integración de América Latina, Bogotá, Ed. Bolivariana Internacional, 1981, pp. 76-79.

2. Rivadeneira Vargas, Antonio J., “El panamericanismo, antítesis de la integración bolivariana”, en Nuestra América. Revista del Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Integración de América Latina, Tunja, Editorial Bolivariana Internacional, Nº 1, 1982, p. 9.

3Brown, Guillermo [autor institucional: Comisión Nacional de Homenaje al Almirante Guillermo Brown en el Centenario de su Muerte], Memorias del almirante Brown, Buenos Aires, Academia Nacional de la Historia, 1957, p. 32.

4. Ratto, Héctor R., Historia del Almirante Brown, Buenos Aires, Instituto de Publicaciones Navales, 1985, p. 71.

5. Bolívar, Simón, “Carta de Jamaica”, en Correos del Sur, Buenos Aires, Embajada de la República Bolivariana de Venezuela en Argentina, Nº Especial Bicentenario, 2015, p. 13. [N. del E.: el lector podrá acceder a una versión digital de la carta aquí {fuente: web de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe; última consulta: 30/1/2018}].

6. Ídem.

7. Instituto Nacional Sanmartiniano, Documentos para la historia del libertador general San Martín, t. 2, Buenos Aires, Comisión Nacional de Museos, de Monumentos y Lugares Históricos, 1954, p. 54.

8Destéfani, Laurio, “Campañas corsarias de 1818 a 1825”, en AA. VV., Historia marítima argentina, t. 5, Buenos Aires, Departamento de Estudios Históricos Navales de la Armada Argentina, 1986, p. 464.

9. Castellanos, Rafael R. (comp.), Almirante Luis Brión. Bicentenario de su nacimiento. Homenaje, Caracas, Presidencia de la República, 1982, p. 118.

10. Brown, Guillermo, ob. cit. (cfr. nota 3), p. 233.

11Castillo, Roberto P., Guillermo Brown en la Banda Oriental, 1809-1813, Montevideo, Prosa, 2017, p. 141.

12. Según Guillermo A. Oyarzábal en su biografía de Brown, Guillermo Brown, Buenos Aires, Librería Histórica, 2006, p. 109.

13. La Consecuencia, bautizada como La Argentina, inició el 9 de julio de 1817 la famosa campaña corsaria trans­oceánica (1817-1819), al mando del capitán Hipólito Bouchard.

14. Ratto, Héctor R., ob. cit. (cfr. nota 4), p. 99.

15. Arguindeguy, Pablo E. y Rodríguez, Horacio, Guillermo Brown. Apostillas de su vida, Buenos Aires, Instituto Nacional Browniano, 1994, p. 113.

16. Oyarzábal, Guillermo A., ob. cit. (cfr. nota 12), p. 133.

17. Quartaruolo, V. Mario, “Frustrado retorno del Libertador”, en Revista Militar del Círculo Militar Argentino, Nº 658, octubre-noviembre-diciembre de 1960, p. 63.

 

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