Publicación académica ISSN: 2362-6186
 

In Memoriam: Roberto Luis De Hoz (1933-2007)

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Por  Marcelo A. De Hoz  |  (ver bio)

 

Mi viejo

Es un buen tipo mi viejo… (para los más jóvenes, una hermosa canción de Piero, dedicada a su padre). Sí, mi viejo era un buen tipo, una muy buena persona, un excelente padre, esposo, compañero, amigo, bostero hasta el cansancio y, sobretodo, un gran ESCRIBANO –sí, con mayúsculas, un gran ESCRIBANO–.

Orgulloso de su profesión y especialmente de su Colegio, ocupando cargos directivos en varias oportunidades, con su clara preferencia por el Departamento de Inspección de Protocolos y su cariño por Elsa. Presidente de su querido Instituto de Derecho Registral, desde donde trató de impulsar e incentivar la participación de jóvenes escribanos, muchos de los cuales ocuparon y ocupan actualmente cargos directivos.

Qué orgullo seguramente siente por Diego al verlo al frente de nuestra revista o por Ariel, ocupando un cargo en el Consejo Directivo, o por Claudio, ocupando nada menos que la presidencia, y por tantos otros. Qué alegría debe sentir sabiendo que una de las salas de nuestro Colegio lleva su nombre, ya que fue y es físicamente parte de nuestro Colegio.

Recuerdo las épocas de elecciones institucionales, convirtiendo la escribanía en un verdadero búnker notarial de listas, cálculos y llamados verdaderamente intimidatorios.

Extraño mucho su vozarrón, que al principio podía asustar o intimidar a quien no lo conocía pero que después se transformaba en un cálido y fuerte abrazo que te partía en dos.

Siempre estaba el otro antes que él, siempre dejaba lo que estaba haciendo, por más urgente que fuera, para escuchar, dar una mano o simplemente estar. Incansable alentador de las virtudes y aciertos de los que lo rodeábamos.

El ser escribano eran palabras mayores, por la responsabilidad y el orgullo que ello representa, a veces llevados al extremo, como aquella vez en que, siendo chicos mis hermanos y yo, nos llevaba al colegio en el 405 y un colectivo 39 lo encerró por Charcas; lo siguió, se bajó –es posible que se le haya “escapado algún improperio”– y lo más insólito es que le exhibió la credencial de escribano para que supiera a quién había encerrado… Me comentaron que el conductor lleva treinta años de terapia sin entender esa actitud. Pero yo la entendí. Comprendí lo que significaba para él su profesión, su vida, su orgullo.

Tuvimos una linda y afectuosa relación de padre-hijo y pude decirle en vida lo mucho que lo quería y lo admiraba, no me guardé nada. Por eso creo que voy por la vida más suelto, más liviano y más feliz. Orgulloso de su querida “Ali”, de Ramona, del Negro, de Gonza y, pese a ser un enfermo racinguista, seguramente también de mí.

Vaya pues este sentido, merecido y alegre homenaje para un escribano, padre y dirigente ejemplar, pero, por sobre todo, para un buen tipo.

 

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